Mística y escritora

Precisamente a principios de 1943, cuando hacía ya nueve años que Maria estaba paralizada y pensaba que había consumado todos los sacrificios posibles y que el final de su vida estaba cerca, el Padre Migliorini, un sacerdote perteneciente a la orden de los Siervos de María que desde hacía algunos meses era su director espiritual, le pidió que escribiera sus memorias. Tras un momento de vacilación, consintió y con naturalidad, sentada en el lecho, en menos de dos meses llenó siete cuadernos escritos de su propio puño; dio así no sólo prueba de un gran talento de escritora sino de saber revelar su alma, confesándose sin secretos.
Había confiado a las 760 páginas manuscritas que entregó al confesor todo su pasado pero cuando, precisamente por eso, se sentía liberada de él y preparada con mayor confianza para la muerte, una voz que su espíritu ya conocía le dictó una página rebosante de sabiduría divina, que determinó un cambio inesperado. Acaeció de viernes santo, el 23 de abril de 1943.
Maria, desde su habitación, llamó a la fiel Marta y, mostrándole la hoja que tenía en sus manos, le hizo entender que había ocurrido algo extraordinario y le dijo que llamara al Padre Migliorini, que no tardó mucho en llegar. El coloquio fue secreto y nunca se conoció exactamente lo que se dijeron, pero se sabe que el religioso le confirmó el origen sobrenatural del “dictado” y la impulsó a escribir cuanto aún fuera “recibiendo”. Y por eso siguió procurándole cuadernos.
Escribió casi diariamente hasta 1947 y con intervalos en los años siguientes, hasta 1951. Los cuadernos llegaron a ser 122 (además de los 7 que componían la Autobiografía); las páginas manuscritas, alrededor de quince mil.
Escribía sentada en su lecho, con la estilográfica, apoyando el cuaderno sobre una carpeta que había confeccionado con sus propias manos y que sostenía sobre las rodillas. No preparaba un esquema, ni siquiera sabía lo que iba a escribir día a día, no volvía a leer para corregir. No tenía necesidad de concentrarse ni de consultar libros, excepto la Biblia y el Catecismo de Pio X. Y si la interrumpían, a veces por motivos fútiles, volvía a escribir sin perder el hilo. No la detenían las crisis de su sufrimiento crónico ni la aguda necesidad de reposo, pues hasta llegaba a tener que escribir de noche. Estaba concentrada con todo su ser en la narración que fluía de su pluma de auténtica escritora, pero si se trataba de temas teológicos podía suceder que no comprendiera el íntimo significado de los mismos. A menudo llamaba a Marta, la obligaba a abandonar sus quehaceres domésticos, y le leía lo que había escrito.
No suspendió su tarea ni siquiera cuando se vio obligada a refugiarse en San Andrés de Cómpito (arrabal del ayuntamiento de Capannori, en la provincia de Lucca), dado que la segunda guerra mundial se iba haciendo cada vez más violenta. Allí trasladó el moblaje de su cuarto de inválida y, desde abril hasta diciembre de 1944, vivió sus nuevos sufrimientos.
Sobre todo en Viareggio, la ocupación de escritora que absorbía todo su tiempo no la alejó del mundo, pues seguía el desarrollo de los acontecimientos a través de la radio y los periódicos. Tampoco dejaba de cumplir con sus deberes cívicos, hasta el punto de que, en ocasión de las elecciones políticas de 1948, se hizo llevar en ambulancia a la mesa electoral. Recibía solamente a personas amigas y, sucesivamente, también a algunos personajes importantes, pero no descuidaba la correspondencia, de especial modo la que mantenía muy asiduamente con una monja carmelita de clausura, a quien consideraba como madre espiritual.
Rezaba pero también sufría, aunque procuraba no demostrarlo. Por lo general sus oraciones eran secretas y sus éxtasis, que están documentados en sus escritos personales, no tuvieron testigos. Su aspecto sano no dejaba traslucir los duros y continuos sufrimientos, que acogía con gozo espiritual por su afán de redimir por medio de ellos. Pidió que se le concediera la gracia de no llevar impresas en su cuerpo las señas evidentes de su participación conjunta en la pasión de Cristo.
Y le fue concedida. Se la veía como a una persona normal a pesar de su invalidez. Se ocupaba en labores femeninas o en los quehaceres domésticos que podían realizarse aun estando en cama, como bordar, mondar verduras, limpiar la jaula de los pajarillos. Hasta lograba ocuparse por sí misma de su aseo personal: era suficiente que le alcanzaran lo necesario. A veces cantaba, y lo hacía con una hermosa voz.

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